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jueves, 1 de febrero de 2018

La Cruz Tau, símbolo Franciscano


LA «TAU», SÍMBOLO FRANCISCANO


La Tau «T» es la última letra del alfabeto hebreo. Decimonona letra del alfabeto griego, que corresponde a la que en el nuestro se llama «te». Pero es también una señal o signo, todo un símbolo.

San Francisco profesaba una profunda devoción al signo Tau, del que habla expresamente el profeta Ezequiel (9,3-6) y al que se refiere implícitamente el Apocalipsis (7,2-4). Con ella firmaba cartas y marcaba paredes, y sanaba heridas y enfermedades. En el ánimo de Francisco pudieron influir el discurso con que Inocencio III abrió el Concilio IV de Letrán, la cruz en forma de tau que llevaban los monjes antonianos sobre el escapulario, la liturgia y el arte sagrado, etc. Para el Santo, la Tau, como la cruz cristiana, era signo de conversión y de penitencia, de elección y de protección por parte de Dios, de redención y de salvación en Cristo.

Desde hace algunos decenios, se ha revalorizado el uso de la Tau en la familia franciscana; se la ve frecuentemente en libros, revistas, cuadros, etc., y la llevan sobre sí, como signo distintivo, muchos hermanos y hermanas tanto de la Primera como de la Tercera Orden, sea ésta religiosa o seglar. Para profundizar en su significado recogemos algunos textos:

Tratado de los milagros, de Celano: «La señal de la Tau le era preferida sobre toda otra señal; con ella sellaba Francisco las cartas y marcaba las paredes de las pequeñas celdas» (3 Cel 3).

Leyenda Mayor, de S. Buenaventura: «El hermano Pacífico... mereció ver de nuevo en la frente de Francisco una gran Tau, que, adornada con variedad de colores, embellecía su rostro con admirable encanto. Se ha de notar que el Santo veneraba con gran afecto dicho signo: lo encomiaba frecuentemente en sus palabras y lo trazaba con su propia mano al pie de las breves cartas que escribía, como si todo su cuidado se cifrara en grabar el signo tau -según el dicho profético- sobre las frentes de los hombres que gimen y se duelen (Ez 9,4), convertidos de veras a Cristo Jesús» (LM 4,9).

Cf. 2 Cel 106; 3 Cel 3 y 159; LM Pról 2; LM Milagros 10, 6 y 7; Lm 2,9; Ll 2.

Ezequiel 9,3-6: «Yahvéh llamó entonces al hombre vestido de lino que tenía la cartera de escribano a la cintura, y le dijo: "Recorre la ciudad, Jerusalén, y marca una tau en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en ella". Y a los otros oí que les dijo: "Recorred la ciudad detrás de él y herid. No tengáis piedad, no perdonéis; matad a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres hasta que no quede uno. Pero no toquéis a quien lleve la tau en la frente. Empezad por mi santuario"».

Apocalipsis 7,2-4: «Luego vi a otro ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro ángeles a quienes se había encomendado causar daño a la tierra y al mar: "No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios". Y oí el número de los marcados con el sello: 144.000 sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel» (Cf. Ap 9,4).

Inocencio III en el Concilio IV de Letrán el año 1215: Después de describir la triste situación de los Santos Lugares hollados por los Sarracenos, el Pontífice lamentó los escándalos que desacreditaban el rebaño de Cristo y lo amenazó con los divinos castigos si no se enmendaba. Evocó la famosa visión de Ezequiel, cuando Yahvéh, agotada la paciencia, exclama con voz poderosa: «"Acercaos, vosotros que veláis sobre la ciudad; acercaos con el instrumento de exterminio en vuestras manos". Y he aquí que seis hombres llegaron con sendos azotes en sus manos. Entre ellos estaba un varón vestido de lino, con recado de escribir a la cintura. Y díjole Yahvéh: "Recorre Jerusalén, y señala con una TAU las frentes de los justos que se encuentren en ella". Y dijo a los otros cinco: "Recorred la ciudad tras él, y exterminad sin piedad a cuantos encontréis; mas no toquéis a ninguno que esté señalado con la TAU". "¿Quiénes son -continuó el Papa- los seis varones encargados de la venganza divina? Ésos sois vosotros, Padres conciliares, que, valiéndoos de todas las armas que tenéis a mano: excomuniones, destituciones, suspensiones y entredichos, habéis de castigar implacablemente a cuantos no estén señalados con la TAU propiciatoria y se obstinen en deshonrar la Cristiandad».- «En su discurso de Letrán, Inocencio III había señalado con el signo Tau a tres clases de predestinados: los que se alistaren en la cruzada; aquéllos que, impedidos de cruzarse, lucharen contra la herejía; finalmente, los pecadores que de veras se empeñaren en reformar su vida» (O. Englebert, Vida de S. Francisco de Asís. Santiago de Chile 1973, pp. 226 y 238).

EL SIGNO «TAU» (T)
por Leonhard Lehmann, o.f.m.cap.

El pergamino de 14 por 10 centímetros que Francisco le regaló a fray León, está escrito por las dos caras. En el reverso de las Alabanzas de Dios se encuentra la siguiente bendición: «El Señor te bendiga y te guarde; te muestre su faz y tenga misericordia de ti. Vuelva su rostro a ti y te dé la paz. El Señor te bendiga, fray León».

Debajo de esta bendición de Francisco, fray León añadió en tinta roja las siguientes palabras: «El bienaventurado Francisco escribió de su propia mano esta bendición a mí, fray León». Y más abajo añade: «De manera semejante hizo de su propia mano este signo Tau, y la cabeza».

El texto de la Bendición a fray León (BenL) escrita por Francisco reproduce casi al pie de la letra la bendición de Aarón, del libro de los Números (Núm 6,24-26). Lo que Francisco añadió al texto bíblico-litúrgico fueron unas pocas palabras, pero muy importantes, por ser suyas propias: «¡El Señor te bendiga, fray León!» Francisco expresa con toda sencillez su deseo de bendición al atormentado compañero.

El signo «taw» - «tau» en la Biblia

En medio del nombre de fray León, entre la «e» y la «o» se encuentra el trazo vertical de la letra tau, cuyas líneas transversales son más cortas y finas.

El signo tau, poco conocido en la actualidad, es de origen bíblico. En Ezequiel 9,3-4 Yahvéh le dice «al hombre vestido de lino que tenía la cartera de escriba en la cintura» que marque con una taw la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las prácticas abominables que se cometen en Jerusalén. En hebreo antiguo la taw tenía forma de cruz, a la manera de nuestra «T» mayúscula. Era la última letra del alfabeto hebreo, y quienes no sabían escribir la usaban como firma (cf. Job 31,35). También era una señal protectora, como la «señal de Caín» (cf. Gén 4,15) y la sangre con que los israelitas untaron las jambas de sus puertas la noche de la liberación de Egipto (Ex 12,7).

El sentido vétero-testamentario de la letra hebrea taw pasó en el Nuevo Testamento a la letra griega tau. San Juan tiene una visión en la que escucha el mandato dado a los cuatro ángeles: «No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios». Los marcados con el sello fueron 144.000, de todas las tribus de Israel (Ap 7,2-8). Sólo podían dañar «a los hombres que no llevaran en la frente el sello de Dios» (Ap 9,4). Aquí no se cita expresamente la tau ni la cruz, pero se las da por supuestas. En todo caso, siempre se entendió este pasaje relacionado con el de Ez 9. Los Padres de la Iglesia vieron en el signo tau con que fueron marcados los salvados una imagen de la cruz, signo de salvación. En esta línea de la tradición, san Buenaventura interpreta a la luz de Ez 9,4 y de Ap 7,2 la predilección de Francisco por la tau. Echando una mirada retrospectiva a la vida de Francisco, considera que su misión fue la de «llamar a los hombres al llanto y luto, a raparse y ceñirse de saco y a grabar en la frente de los que gimen y se duelen el signo tau, como expresión de la cruz de la penitencia y del hábito conformado a la misma cruz» (LM Pról 2b; cf. LM 4,9; Milagros 10,6-7).

La tradición de la «tau» en tiempo de san Francisco

En esta devoción Francisco estuvo más influido por la tradición contemporánea que por la Sagrada Escritura. El simbolismo de la tau estaba de moda en su tiempo. Durante la inauguración del Concilio IV de Letrán (1215), el papa Inocencio III predicó sobre Ezequiel 9 y llamó a todos los cristianos a hacer penitencia bajo el signo de la tau, signo de conversión y señal de la cruz.

Los antonianos, que se dedicaban sobre todo a la atención de los contagiados por la peste, llevaban en el hábito la cruz antoniana, en forma de tau.

Como posibles fuentes pictóricas de la veneración de la tau hay que tener en cuenta sobre todo las ilustraciones de libros, especialmente las pinturas del canon. Se llama «pintura del canon» la página del misal en la que estaba pintado y adornado con una cruz el principio del canon latino: «Te igitur, clementissime Pater...» La «T» del «Te igitur» se convirtió con frecuencia en una cruz grande y polícroma, cuyo madero vertical se unía con el travesaño al igual que la «T» mayúscula, o subía hasta más arriba formando una cruz latina. Este segundo caso podemos verlo en el misal de San Nicolás, que Francisco, Bernardo y Pedro Cattani consultaron por tres veces, deseosos de conocer lo que Dios quería de ellos (cf. TC 28-29).

La «tau» trazada por Francisco

La taw hebrea, o la tau griega, estaban por tanto de moda. Para Francisco era, igual que la cruz, el signo de la salvación y de la redención. Y así como la salvación se llevó a cabo mediante la cruz, con sufrimientos y dolores, así también el discípulo de Jesús está llamado a seguir el camino de la cruz. De acuerdo con la llamada del Papa al inicio del Concilio, la tau fue para Francisco un signo especial de renovación y penitencia, que empleó en distintas circunstancias. «La señal de la tau le era preferida sobre toda otra señal; con ella sellaba las cartas y marcaba las paredes de las pequeñas celdas» (3 Cel 3).

Quien visite Fonte Colombo, el «Sinaí franciscano», podrá observar en la capilla de la Magdalena, a la izquierda del altar, una tau pintada en rojo en el intradós de la ventana. Con buenas razones, la tradición atribuye esta pintura a san Francisco. La terminación gruesa de los extremos del travesaño es una muestra de cómo se escribía a principios del siglo XIII. La tau tiene en ese lugar un significado muy apropiado, pues está indicando que Magdalena es la penitente.

Las taus iniciales de las «pinturas del canon» nos hablan claramente de la vinculación de la obra de la redención con la eucaristía. De esta vinculación, así como de la reforma eucarística deseada por Francisco, nos habla también la tau colocada por él como firma de la primera Carta a los Clérigos, que puede verse en el Misal de Subíaco. Por ello las ediciones de los escritos de Francisco deberían reproducir la tau al final de la 1CtaCle, como hacen al reproducir la BenL.

Esa manera de actuar de Francisco en las dos ocasiones citadas no es nada extraordinario; ya había actuado así antes. La tau es un signo preferido desde antes de dedicarle el pergamino a fray León. Precisamente por ello puede fray León entender la tau en el sentido en que la entiende Francisco y tener en gran estima, como un autógrafo, el pergamino que contiene la bendición. Lleva la letra manuscrita e inconfundible de Francisco.

La cabeza debajo de la «tau»

El dibujo que aparece en ese pergamino debajo de la tau no tiene un significado tan unívoco como ésta. El madero vertical de la tau parece salir de la boca abierta de una cabeza humana; es decir, la cruz brota como de la boca, lo cual podría ser una alusión a la proclamación de la conversión y de la cruz. Los contornos imprecisos del dibujo han dado pie a muchas interpretaciones, no siempre acertadas. Vale la pena tomar en serio dos de ellas, que son las que prevalecen hoy en día: una considera que el dibujo es la calavera de Adán; la otra afirma que es la cabeza de fray León.

La Legenda aurea, compilada por el dominico Jacobo de Vorágine († 1298), transmite, entre otras, la siguiente leyenda, conocida desde la alta Edad Media y llena de profundo significado: la cruz de Cristo fue hecha con madera del mismo árbol en el que pecó Adán, y fue levantada en el mismo lugar en que se hallaba el sepulcro de Adán. Mediante la sangre que brotó de la cruz fue redimido Adán y, con él, todo el género humano. Esta interpretación de la relación entre la redención y el pecado original, teológicamente irreprochable, podemos encontrarla también en el arte. Desde el siglo VI el arte representa el tema de «Adán bajo el Gólgota». En la catedral de Espoleto puede verse un crucifijo pintado en 1180 que reproduce la siguiente escena: en el lado derecho e izquierdo del Crucificado están de pie María y Juan; bajo los pies de Cristo está pintada la calavera de Adán; la sangre que brota de las llagas de los pies de Jesús se derrama sobre la cabeza de Adán.

Si Francisco no había oído hablar de esta leyenda de la cruz, es bien probable que la conociera -hombre de aguda vista como fue- gracias a las obras de arte. Por eso lo más probable es que lo que dibuje debajo de la tau sea la calavera de Adán. Quería así, con su dibujo más bien insinuado que claro, manifestar que toda la descendencia de Adán había sido redimida por Jesucristo, el segundo Adán. «También tú, hermano León -le dice-, eres uno de los redimidos».

El dibujo puede entenderse, así mismo, como una reproducción de la cabeza de fray León. Y esto sería exactamente igual de significativo, pues es a él personalmente a quien Francisco bendice. Refiriéndose a Ez 9 y Ap 7, Francisco entiende la tau como el sello de los elegidos. Quien vive en esta vida bajo el signo de la conversión (tau), está marcado, ya desde ahora, en calidad de siervo de Dios, con el sello de los salvados (tau). Francisco quería consolar al atribulado León, asegurándole: «El sello de la cruz está marcado sobre tu frente, pues formas parte de los auténticos convertidos y, por tanto, de los que serán salvados».

Estas dos interpretaciones pueden armonizarse entre ellas. No se excluyen, sino que se complementan. Puesto que la humanidad ha sido redimida por Cristo, también León ha sido redimido. Es un pecador, como Adán, pero lo limpia la sangre del Redentor. Es uno de los «varones penitentes de la ciudad de Asís» (TC 37c) y, como Francisco, vive bajo el signo de la tau, de la conversión y de la redención, de la solidaridad y la oración en común. Bendiciendo personalmente a fray León y trazando sobre él el signo de la cruz, le expresa y le entrega la fuerza salvadora que brota de ese signo de salvación.

Tal como fray León interpretó el dibujo de debajo de la bendición, las palabras y los hechos de Francisco fueron para él un signo de consuelo. Y lo son también para nosotros. Aunque no llevemos grabadas visiblemente las llagas del Crucificado, como Francisco, sí las llevamos internamente. A todo aquel que se deja herir en nombre de Cristo y carga con su cruz, Francisco le dice lo mismo que le dijo a fray León: «También tú estás marcado con la cruz de Cristo y, por tanto, bendecido. Eres propiedad de Dios y estás bajo su protección».

Así, todos los que procuran seguir a Cristo en las dificultades de la vida, pueden percibir cómo la bendición de san Francisco va también dirigida a ellos y cómo los marca con la tau. Y cada uno y cada una puede considerar: «Esta tau es la cruz, el signo de Jesucristo, el Cordero sacrificado. Mediante su cruz he sido salvado también yo. Puedo contarme entre los que han sido marcados con ella...» (H. Holtz).

domingo, 28 de enero de 2018

Sobre el uso del hábito 2


NUEVAS PRECISIONES Y PUNTUALIZACIONES
ACERCA DEL USO DEL HABITO
POR PARTE DE LOS HERMANOS DE LA ORDEN FRANCISCANA SEGLAR.

Nada ni nadie puede prohibirle a un hermano profeso de la Tercera Orden Franciscana el uso del hábito, porque es inherente a su condición de franciscano y de hombre consagrado, y es además un signo de identidad y pertenencia a la Orden. Cualquier disposición contraria e este derecho obedece a dudosos intereses y actitudes que desconocen o desprecian la historia y la tradición de la Orden.

El hábito franciscano usado por los hermanos de la Tercera Orden Secular.
1. Prácticamente desde la fundación de la Tercera Orden por nuestro Seráfico Padre San Francisco de Asís, sus miembros han gozado del privilegio de usar el hábito franciscano, privilegio que ha sido confirmado por la Iglesia en múltiples ocasiones.

2. Desafortunadamente en la actualidad muchas fraternidades del mundo han desdeñado ese privilegio en aras de una supuesta “modernización” de la Orden, modernización esta que sin duda pierde mucho más de lo que gana y que se concreta en una actitud de desprecio, desconocimiento y posterior olvido de las tradiciones y valores originales de la Orden. Otras muchas fraternidades, ni siquiera sabían que podían tener ese derecho y privilegio, lo que denota la deficiencia absoluta de la formación y el desconocimiento de la historia y tradición de la Orden.

3. En muchos lugares del mundo las Fraternidades no usan el hábito ni lo han usado nunca, en otros lugares incluso ha sido prohibido su uso, por algunos abusos cometidos, por considerarlo inconveniente o por las posibles confusiones que esto puede causar en otros cristianos.

4. La normativa actual del CIOFS dice que esta costumbre solamente puede conservarse en aquellos lugares donde es tradición antigua y establecida y donde su uso no choque con las costumbres locales ni vaya en contra de las normas de la Iglesia local y ha determinado además que en adelante se elimine en todas partes el Rito de Toma de Habito, de manera que ningún hermano lo reciba en el futuro.

No compartimos ni aceptamos de ningún modo esta determinación, pues el documento que la contiene carece por completo de razones y argumentos que la sustenten y parece más una decisión caprichosa que una determinación seria tomada luego de un juicioso análisis. Esa determinación es completamente contraria a la Tradición de la Orden y desconoce su origen y su historia, el valor de la Profesión emitida y la pertenencia a la Orden. Los hermanos que usan el hábito o quieren usarlo, lo hacen siempre llevados de buena fé y juicio recto, llenos de amor por la Orden y por la espiritualidad heredada de nuestro Santo Fundador.

Con respecto a este, como en muchos otros asuntos, El CIOFS parece desconocer la extraordinaria diversidad histórica y cultural de las Fraternidades dispersas a lo ancho del mundo. Muchos hermanos y ministros se preguntan, con toda razón y con honda preocupación, si el CIOFS acaso sabe de dónde viene, y lo más grave, si acaso sabe para donde va...

5. Oposición de los hermanos de la Primera Orden.
En muchos lugares han sido nuestros hermanos de la Primera Orden quienes han manifestado su oposición al uso del hábito por parte de los hermanos de la Tercera Orden, especialmente en aquellas regiones donde las relaciones entre la Primera y Tercera Orden siempre han sido tensas y llenas de incomprensiones, cuando no llenas de envidias, celos y faltas de caridad, todas ellas actitudes ajenas al espíritu de fraternidad franciscana.

Valga decir aquí que los hermanos de la Primera Orden, ya sea el Superior Provincial o el Asistente Espiritual de la Fraternidad, NO tienen ninguna autoridad para prohibir el uso del hábito a los terciarios, pues su injerencia en los asuntos de la Fraternidad terciaria se limita a la Asistencia Espiritual, que no es más que un signo de la unidad y pertenencia a la gran Familia Franciscana. Recordemos además que el Asistente Espiritual no representa ni tiene ninguna autoridad dentro de la Fraternidad, pues ésta reposa solamente sobre el Ministro y su Consejo.

En demasiadas oportunidades los Asistentes Espirituales son nombrados o encargados de esa misión sin ninguna preparación, e ignoran por completo la historia y tradición de la Tercera Orden, así como el papel mismo del Asistente, y más que un apoyo dinamizador y espiritualizador, se convierten en una carga que la Fraternidad debe soportar...

Sin embargo hay que anotar también, que en no pocas ocasiones, los hermanos de la Primera Orden han sido un apoyo que ha alentado el uso del hábito por parte de los terciarios y les han facilitado su adquisición o confección, además de enseñarles todo lo relativo a su uso digno y respetuoso. En esta época de terrible crisis que atraviesa la Orden y la Iglesia toda, cuando tantos hermanos de la Primera Orden han desdeñado el uso del hábito inventado toda clase de disculpas y argumentos para ello, las Fraternidades Terciarias que lo usan y lo conservan dan testimonio de fidelidad y de amor a los valores y tradiciones de la Orden.

San Francisco.
6. Nos cuenta la historia que nuestro Padre San Francisco de Asís, despojado de sus elegantes ropas de joven rico de Asís, se vistió primero con un tosco hábito de peregrino ceñido con una correa y posteriormente, como signo de pobreza y de humildad, adoptó para sí mismo y los suyos el sayal hecho de “saco” (se denomina así a una tejido burdo y resistente de lana gruesa, similar a lo que entre nosotros se llama “costal harinero”) y que era el traje que usaban entonces los más pobres campesinos de la región; cuentan los biógrafos de nuestro Seráfico Padre, que el hábito original era un vestido “de tosca lana y color de bestia, atado con una cuerda, y con una capucha encima que era sacada de la esquina de un vulgar saco”. Se cuenta también que el mismo San Francisco elaboró los hábitos para sus primeros compañeros y que para cortarlos seguía en modelo de una cruz Tau. El hábito era entonces como ahora, un signo de pobreza y de penitencia, de abandono del mundo y sus vanidades.

7. En los diferentes relatos que hallamos en las Fuentes Franciscanas acerca de la fundación de la “Orden de los hermanos y hermanas de la penitencia”, como se llamó en un principio la Tercera Orden, se menciona que nuestro Seráfico Padre dio a los primeros hermanos “un hábito y una regla o forma de vida”, es decir, una vestidura que los identificaba como penitentes, y unas normas de vida de definían el carácter y objetivo de la Orden: hacer penitencia y llevar una vida recta en todo sentido, una vida de permanente conversión, dedicada a la oración y al testimonio cristiano con la vida misma antes que con las palabras.

El hábito en la historia de las Reglas y Constituciones de la Tercera Orden.
8. La primera Regla que tuvo la Tercera Orden, se llamó "Regla de la Fraternidad de los Penitentes de Asís" del año 1215, y cuya aprobación no se puso a consideración de la Iglesia pues este no era un requisito indispensable en aquellos días; esta Regla es considerada como la más cercana a la original redactada por el mismo San Francisco. Este documento menciona en sus artículos 1, 2 y 3 el tipo de hábito que debían usar los miembros de la Fraternidad y que no era otro que el hábito de los penitentes y peregrinos que por entonces recorrían los caminos de Europa y que era simplemente el vestido de los mendigos y los campesinos más pobres de la sociedad de entonces. Esta regla estuvo en vigencia hasta el año 1221.

9. La segunda Regla de la Orden, el "Memoriale propositi fratum et sororum de paenitentia" (Memorial del propósito de los Hermanos y Hermanas de penitencia) aprobada por el Papa Honorio III en el año 1221 y posteriormente re aprobada por el Papa Gregorio IX en 1228, se considera la primera Regla “oficial” que tuvo la Orden. En sus artículos 1, 2, 3 y 4 describe cuidadosamente el tipo de hábito, diseño, costo y color que deberán usar los hermanos de la Fraternidad.

10. La tercera Regla que tuvo la Orden, aprobada por el Papa Nicolás IV en la Bula "Supra monten" del año 1289, tuvo una vigencia de casi seis siglos (594 años) y rigió la Orden hasta el año 1883. En el capítulo III de este documento se habla claramente del tipo, color, diseño y costo del hábito que debían llevar los hermanos. A partir de los años 1500 el tipo de “hábito grande” usado por los hermanos de la tercera Orden se unifica con el de la Primera Orden en las diversas variables que tenía por entonces.

11. La cuarta Regla que tuvo la Orden fue aprobada por el Papa León XIII en su constitución apostólica "Misericors Dei Filius" del 30 de mayo de 1883; esta Regla adaptó a los nuevos tiempos de la Iglesia la Regla que había sido aprobada por el Papa Nicolás IV en 1289, aunque al hacerlo quedó simplificada notablemente. Este documento que tuvo vigencia hasta el año 1978, ordenaba en sus artículos 3 y 4 que los admitidos a la orden recibirían el “hábito pequeño” al inicio del Noviciado, y que debían usarlo siempre para poder gozar de los derechos, privilegios e indulgencias concedidos a la Orden por la Iglesia. En esta etapa es ya costumbre establecida que los hermanos emitan su Profesión usando el “hábito grande”, y que se lo use en los actos solemnes de la Orden, así como en las procesiones solemnes, entre las que se destaca la de Corpus Christi, que hará famosa por entonces a la Venerable Orden Tercera de San Francisco.

12. Las primeras Constituciones Generales de la Tercera Orden, aprobadas por la Sagrada Congregación de Religiosos en su decreto Nro. 02116 del 25 de agosto de 1957, en sus artículos 16 y 17 hablan del Rito de Vestición del hábito y del uso de los dos tipos de hábito: “hábito pequeño” para la vida cotidiana, y “hábito grande” para las ocasiones solemnes; en el artículo 89 recomiendan las mismas Constituciones que los hermanos terciarios sean amortajados y enterrados vistiendo el hábito, y en el artículo 155 habla del derecho y privilegio de precedencia que tenía la Orden sobre cualquier otra asociación piadosa y cofradía en las procesiones solemnes, siempre y cuando sus miembros marcharan vistiendo el hábito.

13. La quinta Regla de la Orden fue aprobada por el Papa Pablo VI en el Breve Apostólico "Seraphicus Patriarcha" del 24 de junio de 1978 y es la Regla que está en vigencia actualmente. En este documento no se menciona expresamente el uso del hábito, pero en su artículo 23, numeral C, dice que en lo que se refiere a los signos distintivos franciscanos debe procederse de acuerdo a los Estatutos particulares de las Fraternidades, con lo que deja abierta la posibilidad para que se conserven en cada lugar las tradiciones propias.

14. Las Constituciones Generales de la Orden actualmente en vigencia (y que dicho sea de paso, dejan mucho que desear) ignoran por completo el tema y dejan en manos de los Consejos Nacionales la elección de un “signo distintivo” de identidad o pertenencia a la Orden, que en casi todas partes se ha concretado en el uso de la Cruz Tau, pero no dicen ni una palabra que haga referencia al rescate, conservación o difusión de ninguna de las tradiciones, signos y símbolos de la Orden; lo mismo puede decirse de los “Planes de Formación”, tan imbuídos de las corrientes modernas secularizadas y secularizantes, que ni siquiera parecen escritos por franciscanos.

 15 Los Santos de la Orden.
Cuando se leen las biografías de los Santos y Beatos de la Tercera Orden Franciscana, nos encontramos con innumerables testimonios de hermanos que tras una profunda conversión, “tomaron el hábito” de la Tercera Orden y se dedicaron a obras de apostolado, de caridad o a una vida de oración en soledad, algunos incluso en condiciones que hoy nos parecerían muy insólitas. Muchos recibieron el hábito de manos de algún superior franciscano de la Primera Orden, otros incluso de manos de un Obispo diocesano y una gran mayoría de ellos vivieron su consagración franciscana de forma solitaria, pues no pertenecían a ninguna Fraternidad, pero eran plenamente identificados como miembros de la Tercera Orden de San Francisco de Asís.

16. La Fraternidad Local.

Fraternidad de Nuestra Señora de Fátima de Manizales (Caldas) Colombia.
Nosotros, que queremos ser fieles a la antigua tradición de la Orden, en nuestra Fraternidad puesta bajo el amparo de Nuestra Señora de Fátima, valoramos inmensamente el uso del hábito franciscano y deseamos que esta tradición sea conservada y transmitida a las nuevas generaciones de hermanos; la presencia de la Orden en Manizales y en todo el territorio de Caldas, data de principios del siglo IXX, y ya hacia el año 1905 consta en los archivos de la Diócesis la presencia de Fraternidades numerosas, cuyos miembros masculinos gozaban del privilegio de usar el hábito para las ocasiones solemnes y de ser enterrados con él.

Los hermanos Fundadores de la Fraternidad de Nuestra Señora de Fátima, concluido un largo periodo inicial de formación, recibieron el hábito formalmente en Rito solemne, de manos del entonces Ministro Regional de la Orden, y del Ministro Local, en ceremonia presidida por el Asistente Espiritual de la Primera Orden (OFM). Desde entonces y hasta la actualidad hemos conservado y transmitido esta hermosa tradición.


Necesidad de puntualizaciones.
17. En Francia, Portugal, Italia, España y en muchos países de Europa Oriental y Latinoamérica se conserva la antigua tradición se usarlo, únicamente en las Fraternidades masculinas, pero es muy necesario hacer algunas puntualizaciones y precisiones al respecto y que los hermanos (regulares y seglares) tengan claridad acerca de las ocasiones en las cuáles es lícito usarlo.

18. El hábito es ante todo un signo externo de consagración y de penitencia, y es a la vez un signo de identidad y de pertenencia a la Familia Franciscana. No es de ninguna manera el “uniforme” de una institución, ni una “vestidura u ornamento litúrgico”, ni mucho menos algún tipo de traje que conceda o manifieste alguna clase de “dignidad eclesiástica”, por el contrario, debe ser sinónimo de minoridad y de humildad, pues de no ser así, se estaría incurriendo en una grave contradicción del espíritu franciscano.

19. Si el hermano no es conducido por un auténtico espíritu de conversión profunda, de penitencia, de humildad y de minoridad, al usar el hábito no se ha revestido de Cristo, simplemente se ha disfrazado para dar gusto a su vanidad.

20. El auténtico seguidor de San Francisco quiere configurarse a él, y ello implica el desprecio de las vanidades del mundo y el asumir una permanente actitud de honestidad y transparencia, de coherencia con sus ideales y un alejamiento de todo ánimo de figuración y protagonismo, de presunción y de soberbia. Cuando un hermano realmente comprende y valora el privilegio de usar el hábito, entiende que esto conlleva un grave compromiso, y que el hábito, siendo simple paño barato, pesa como si fuera de bronce.

Es un derecho y un privilegio.
21. Es muy importante que todos en la Orden comprendan que el hecho de que los hermanos de la Tercera Orden puedan usar el hábito públicamente bajo las condiciones y en las ocasiones que en este documento se puntualizan, es un privilegio extraordinario concedido, si bien es un derecho de estado y de tradición en lo privado, en lo público es un privilegio y como privilegio concedido, puede también ser retirado.

Los dos hábitos de la Tercera Orden.
22. Según una antiquísima tradición de la Orden Tercera, sus miembros tienen dos hábitos, que son usualmente llamados “habito pequeño” y “hábito grande”.

El Hábito pequeño.
23. El “hábito pequeño” lo usan los Hermanos de la Orden Tercera en la vida diaria y cotidiana, y consiste el llevar, oculto bajo las ropas civiles, el Cordón franciscano y el Escapulario; en lugar del Escapulario puede llevarse también una cruz Tau o un Crucifijo; el “hábito pequeño” es bendecido e impuesto al hermano por el Ministro de la Fraternidad en el rito de Iniciación, al inicio de la etapa de Postulantado. Es un hábito “secreto” y debe llevarse siempre con discreción y decoro, como un signo y recordatorio de los compromisos adquiridos. No debe usarse nunca para dormir, ni de forma externa, especialmente el Cordón.

24. El Rito de la “toma del hábito pequeño”, aprobado por la Iglesia, es un signo exterior de lo que se realiza en el corazón,  el postulante recibe el escapulario o la cruz Tau, y el cordón Franciscano que llevará en la vida cotidiana como signos de conversión y de la pertenencia al Señor. Recibir el hábito es revestirse de Cristo, es comprometerse a tomar la vida de Cristo como norma de conducta todos los días de nuestra vida y actuar como lo hubiese hecho Cristo en nuestro lugar.

El Hábito grande.
25. El llamado “hábito grande” es simplemente el traje talar o sayal tradicional de los religiosos franciscanos (Primera Orden)

26. El tipo, estilo y color del hábito que podrán usar los hermanos terciarios, será exactamente el mismo de los hermanos de la Primera Orden bajo cuyo cuidado espiritual haya sido encomendada la Fraternidad, ya se trate de hermanos Observantes, Conventuales, Capuchinos o de la TOR.

27. No se podrá hacer ningún tipo de cambio, modificación ni “arreglo” al diseño propio del hábito, este es cómo es y no se confecciona al gusto o capricho del hermano.

28. El cordón deberá ser siempre de color blanco y la tela será de la calidad y color de uso corriente en la Orden; deberán evitarse los paños finos, gruesos y costosos, y todo aquello que de cualquier manera denote lujo, elegancia o exclusividad.

29. Con el hábito no podrá usarse ningún tipo de adorno ni joya, tan solo una simple camándula o rosario, de confección y materiales pobres, colgada al lado izquierdo del cordón. Sobre el pecho podrá llevarse solamente una cruz Tau, preferiblemente de madera y de confección muy sencilla.

30. No se podrá llevar con el hábito crucifijo pectoral metálico, ni mucho menos si se trata de una joya de orfebrería en metales o con piedras preciosas. Así mismo, deberá evitarse el uso de pulseras y anillos; podrá utilizarse reloj en razón de su utilidad, pero este deberá ser acorde a la sencillez que un hermano franciscano seglar debe vivir y testimoniar.

Privilegio de los hermanos profesos perpetuos.
31. Solamente los hermanos profesos perpetuos de la Tercera Orden pueden usar el hábito, por privilegio concedido y si quieren, pues no es obligatorio, y solamente lo pueden usar en los actos públicos y privados propios de la vida de la Fraternidad y nunca fuera de ella, tales ocasiones son:

- reuniones ordinarias o extraordinarias de la Fraternidad,
- en los ritos de Iniciación o Profesión,
- en los retiros y convivencias de la Fraternidad,
- en la celebración de la Eucaristía en Fraternidad,
- en las celebraciones de la Palabra y en el rezo del Oficio Divino, siempre en el ámbito   interno y privado de la Fraternidad,
- en el rezo individual y privado del Oficio Divino.

32. El hábito grande también puede ser usado por los hermanos profesos perpetuos en las ocasiones más solemnes de la vida de la Orden, tales como:

- Profesiones u Ordenaciones de Hermanos regulares o seculares,
- en las procesiones solemnes, con el permiso del Ordinario del lugar;
- en los Capítulos electivos de los diferentes niveles,
- en los ritos de exequias de hermanos.

33. Para otras ocasiones públicas fuera de las aquí mencionadas se requiere el permiso expreso del superior religioso del cual dependa la Fraternidad o del Ordinario del lugar, sin embargo, deberá considerarse prudentemente la conveniencia de solicitar tal permiso, y deberán estar los hermanos siempre alerta ante la tentación de la vanidad y el ánimo de protagonismo, actitudes contrarias al espíritu de minoridad que se espera de los hermanos de la Orden Franciscana Seglar.

Los novicios.
34. Los novicios que han recibido el hábito válidamente lo podrán usar solamente en aquellas ocasiones en las que el Ministro de la Fraternidad lo autorice expresamente, nunca en público y nunca por propia iniciativa. El hermano novicio debe comprender muy bien que el privilegio de poder usar el hábito es un precioso tesoro que debe ser cuidado, valorado y protegido como un valiosísimo secreto.

35. El hábito para el hermano Terciario es ante todo un signo de penitencia y de conversión. La Toma del Hábito, que se realiza en el rito de admisión al Noviciado, es una ceremonia viva, en la que el candidato se despoja del "hombre viejo" para tomar un nuevo hábito, el "hombre nuevo", imagen de la vida nueva que va a comenzar. La toma de hábito señala el compromiso de asumir un nuevo estilo de vida y un desprendimiento de las viejas costumbres con renovación solemne de los votos del bautismo.

36. El novicio debe estar guiado por el espíritu del Evangelio. El rito de la toma de hábito nos hace entrar en la familia franciscana y formar parte de ella, y así nos arraiga más profundamente en la Iglesia. La toma del hábito es un momento en el cual Dios nos concede una gracia especial.

El hábito le pertenece a la Fraternidad y a la Orden.
37. En muchos lugares el costo de elaboración y los materiales para la confección del hábito son asumidos por las Fraternidades de sus propios recursos, el otras partes cada hermano es responsable de asumir estos costos. Sea cualquiera el caso, el hábito no le “pertenece” al hermano, le pertenece a la Fraternidad y a la Orden y deberá devolverlo o entregarlo siempre en los siguientes casos:

- Por retiro voluntario o expulsión de la Orden.
- Por solicitud justificada del Ministro de la fraternidad en el caso de uso indebido, esta medida podrá ser temporal o definitiva. (Acción disciplinaria).
- Por orden o mandato del Ordinario del lugar.

Faltas y uso ilícito.
38. Cualquier uso del hábito diferente a los mencionados en los puntos 31, 32, 33 y 34 de este documento se considerará como una falta y uso indebido, y el Ministro de la Fraternidad deberá hacer al hermano infractor el llamado de atención correspondiente y tomar las medidas que considere necesarias, desde la prohibición temporal del uso público del hábito, hasta la prohibición permanente y retiro del mismo.

De las ropas bajo el hábito.
39. Siempre deben usarse ropas adecuadas bajo el hábito y este nunca debe usarse sin tener debajo camisa y pantalón. Sin embargo, por decoro y dignidad, deberá evitarse que se vean las ropas que se llevan bajo el hábito, especialmente los cuellos de camisas y con mayor razón si estos son de colores vivos o que en nada combinen con el color del hábito, lo más deseable es que use camisa blanca o negra, y preferiblemente de manga larga. Con respecto a los pantalones y calcetines, deberán ser preferiblemente de color negro o marrón oscuro y en todo caso evítense los colores claros y llamativos.

Del calzado con el hábito.
40. Con el hábito deberá usarse un calzado acorde a la sobriedad del mismo, preferiblemente zapatos de cuero de estilo clásico y formal, de color negro o marrón oscuro. Nunca deberán usarse con el hábito zapatos tenis ni de otros estilos deportivos o informales, ni de colores claros o llamativos. También podrán usarse sandalias, conforme a la antigua tradición, de color negro o marrón oscuro y estas deberán ser de estilo franciscano, muy sencillas y sin ninguna clase de adornos; las sandalias podrán usarse con o sin calcetines.

Las oraciones tradicionales al vestir el Hábito.
41. a. Existe la antigua tradición de decir unas breves oraciones o invocaciones al momento de ponerse el hábito. Esta antigua costumbre, al parecer la tomaron los franciscanos de los monjes de la Orden de San Benito y posteriormente se extendió a otras Órdenes religiosas.

b. También los sacerdotes diocesanos o del clero secular tenían antiguamente la costumbre de rezar unas oraciones o invocaciones muy similares al momento de revestirse los ornamentos sagrados, estas oraciones incluso aparecían ya escritas en las instrucciones y rúbricas de los misales más antiguos de diversas épocas; lamentablemente esta es una de las tradiciones que más se ha perdido con el paso de los años a causa de la secularización y relajación del fervor religioso y por la pérdida del sentido de lo sagrado y del misterio.

c. Esta tradición, tan bella e importante, que forma parte de la herencia mística y espiritual de la Orden franciscana, es muy digna de ser rescatada y restablecida, ya que estas invocaciones nos recuerdan el sentido y el valor de vestir un hábito como signo externo de consagración y pertenencia a una familia religiosa; orar estas invocaciones actualiza en nosotros cada día el compromiso de “revestirnos del hombre nuevo” que ha “muerto al pecado” para vivir en “novedad de vida” en Cristo Jesús.

d. Estas oraciones o invocaciones son “secretas”, en el sentido antiguo, oraciones que se dicen en voz baja y de manera privada. Los Hermanos deberán aprenderlas de memoria y rezarlas cada día al momento de ponerse el hábito, así como deberán también trasmitirlas a los Hermanos que no las conocen o recordarlas a los que las han olvidado.

e. Aunque no se conoce con exactitud el origen de estas oraciones o invocaciones, es claro que casi todas están inspiradas en el pasaje de la carta de San Pablo a los Efesios, capítulo 6, versículos 10 al 17.

f. La antigua tradición enseñaba que al levantarse cada uno de los hermanos, mucho antes del amanecer y antes del Oficio de Prima, hecho su aseo personal en el silencio de su celda, antes de vestir el hábito era necesario hacer una ablución o lavabo ritual, que consistía en lavar sus manos con un poco de agua de la jofaina que había en cada celda (una jarra con agua y un pequeño platón) mientras rezaba la invocación respectiva y luego bendecía el hábito colocado sobre la cama o la mesa. Enseguida vestía el hábito haciendo las respectivas invocaciones y se dirigía al oratorio para hacer un tiempo de oración personal y luego, ya en comunidad, el Oficio de Prima. 

42. Oraciones o invocaciones al vestir el Hábito.

a)    Al lavarse las manos:

¡Límpiame, Señor de toda culpa y pecado,
para que pueda servirte sin contaminación de alma y cuerpo! Amén.

b) Bendición del hábito:
(Extendido el hábito sobre la mesa o la cama, lo bendice trazando sobre él la señal de la Cruz mientras dice:)

¡Bendice, Señor, este hábito santo,
y hazme digno de llevarlo un día más;
haz que sea para mí en todo momento
un signo de consagración a ti,
de pobreza, humildad y servicio!
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

c) Al vestirse el hábito:

¡Vísteme, Señor, con la armadura de tu luz,
tu Palabra y tu protección,
para que pueda resistir y rechazar
los ataques del enemigo!. Amén.

d) Al ponerse la Cogulla, esclavina, capilla o capucha:
(Esta oración se hace cuando la cogulla o la capucha son una pieza aparte del traje talar que se coloca sobre el mismo, así como en el caso del escapulario grande)

¡Pon, Señor, en mi cabeza
el yelmo (casco) de tu salvación
y dame tu protección para resistir y rechazar
los ataques del enemigo! Amén.

e) Al ceñirse el Cordón:

¡Cíñeme, Señor, con el cordón de la pureza
y extingue en mi cuerpo todo estímulo de liviandad,
para que por tu gracia permanezcan en mí
las virtudes de la continencia y castidad! Amén.

(O bien esta otra:)

¡Cíñeme, Señor, con el cinturón de la Verdad
y ata y refrena toda concupiscencia en mí! Amén.

f) Al ponerse el crucifijo o la cruz Tau:
(Toma el crucifijo o la cruz Tau en la mano derecha, lo besa y se signa con él mientras dice:)

¡Que la santa Cruz sea mi luz!
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

g) Al calzarse los zapatos o las sandalias:
(Las bendice trazando sobre ellas la señal de la Cruz mientras dice:)

¡Guía, Señor, mis pasos hacia ti,
apártame de la senda del mundo y del pecado!
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

h) Al revestirse con sobrepelliz, roquete o alba:
(El sobrepelliz o el alba los deben usar los Hermanos que son clérigos, y los ministros seglares, cuando presiden o ayudan en la celebración de la Eucaristía o la celebración solemne de la Palabra; también si se ejerce algún ministerio dentro de estas celebraciones, como lector, salmista o acólito. El sobrepelliz  o roquete se usa sobre el hábito y lo usan siempre quienes ejercen de ministros, los hermanos que son clérigos pueden usarlo también, si gustan, y además llevarán sobre él los ornamentos propios de su jerarquía, estola y dalmática para los diáconos, o estola y casulla para los presbíteros. Si en lugar del sobrepelliz el sacerdote celebrante prefiere usar el alba, esta se coloca sobre el hábito si se trata de un alba-casulla amplia, o bien puede usarse sin el hábito debajo en el caso de un alba corriente. Los ministros y el celebrante deben revestirse siempre en la sacristía y a puerta cerrada, nunca dentro del oratorio o capilla.)


¡Blanquéame, Señor, y limpia mi corazón,
para que blanqueado en la sangre del Cordero,
pueda gozar de los bienes eternos! Amén.

(Los Hermanos que son sacerdotes al ponerse la casulla dicen:)

Señor, que dijiste: mi yugo es suave y mi carga ligera,
haz que de tal modo pueda llevar esta casulla,
que por tu misericordia y protección, alcance tu gracia. Amén.

El respeto debido al Hábito.
43. El respeto debido al hábito exige que este permanezca siempre limpio y sin arrugas y que sea llevado con decoro y dignidad, adoptando siempre una postura corporal adecuada. Habiendo sido bendecido de manera muy especial y siendo signo de conversión y penitencia, así como de pertenencia a la gran familia Franciscana y a la Iglesia, el hábito se transforma en un signo sacramental que merece todo el respeto por parte del hermano que lo lleva, así como por parte de los demás. Por estas razones los hermanos deberán abstenerse de usarlo públicamente fuera del ámbito de la Fraternidad o la Orden, no deberán nunca prestarlo a nadie por ningún motivo y al llevarlo puesto, deberán ser conscientes de que con sus palabras y sus actos están dando testimonio a nombre de toda la Orden Franciscana y de la Iglesia Católica.

Como se explico ya, el Ministro de la Fraternidad podrá retirar el hábito temporalmente o prohibir su uso público por tiempo indefinido a aquel Hermano que con su comportamiento o testimonio lo haya deshonrado o irrespetado.

El Hábito mortuorio.
44. Es una antigua tradición de la Orden Tercera el que sus miembros, al morir, sean enterrados vistiendo el hábito grande en lugar de mortaja; las Constituciones Generales del año 1957 en su artículo Nro. 89 así lo recomendaban:

Los Hermanos Terciarios harán muy bien en dejar ordenado que se les amortaje y entierre con el hábito grande”.

Aquellos Hermanos que deseen que así se haga, deben manifestar por escrito su voluntad al Ministro de la Fraternidad, en un acta debidamente diligenciada, firmada por el mismo interesado y por tres o más testigos de su familia más cercana; el Ministro y el Secretario de la Fraternidad la firmarán también y una copia de esta acta se guardará en el archivo de la Fraternidad. Llegado el día en que falte el Hermano, el Ministro y la Fraternidad velarán porque se cumpla su última voluntad.

El uso privado.
45. Nada ni nadie puede prohibirle a un hermano profeso de la Tercera Orden Franciscana el uso del hábito, porque es inherente a su condición de franciscano y de hombre consagrado, y es además un signo de identidad y pertenencia a la Orden; mucho menos en el ámbito privado de su casa, de su oratorio particular o su tierra. Muchos hermanos lo usan a diario para el rezo del Oficio Divino que realizan a solas en su habitación o en su oratorio privado, para las vigilias de oración u otros actos de piedad que desarrollan de manera particular y privada y nada puede impedir que lo hagan, pues les asiste todo el derecho y nada obsta en contra, ni en el derecho canónico ni en el civil. Desde el punto de vista Canónico al hermano le asiste el derecho de usar el hábito propio de su Orden y desde el punto de vista del derecho civil, es un ciudadano que en su casa tiene todo el derecho a vestirse… ¡como le dé la gana!.


Hermano, si usted usa o piensa usar el hábito, úselo bien, con toda dignidad y respeto, en los momentos y ocasiones que en verdad lo ameriten. Recuerde que "el hábito no hace al monje" y que usted no es más franciscano o menos franciscano por el hecho de usarlo o no; usted debe tener razones serias de fondo para esto y comprender y valorar muy bien su sentido.

Empiece por bendecir y usar a diario su "hábito pequeño". Ore, medite, discierna por el tiempo que sea necesario, y si usted ha decidido usar el "hábito grande", que este sea un elemento que contribuya hondamente a aumentar los sentimientos de piedad y devoción en su corazón y su alma, que su vocación franciscana se fortalezca y que su vida de oración se enriquezca.

Paz y bien.





martes, 4 de abril de 2017

El Monacato Oriental 1

EL MONACATO ORIENTAL (1)

Hno. Bruno de María.

 Icono de San Antonio abad "El Grande"

 Entre las comunidades cristianas primitivas, la forma más extendida y admirada de tender a la perfección cristiana era la práctica de la continencia, libremente abrazada por un cierto número de cristianos de ambos sexos. Se los conocía en las iglesias como gentes más austeras que las otras al hacer profesión de virginidad. Formaban un grupo aparte y se les trataba con veneración y respeto en las asambleas cristianas.

Los vírgenes o continentes vivían, sin embargo, en medio del mundo. Permanecían en el seno de sus respectivas familias y participaban en la vida común de la sociedad cristiana. Fue únicamente mas tarde (a finales del s. III y principios del IV) cuando comenzaron a retirarse a la soledad del desierto o a vivir en comunidades cenobíticas.

En muchas iglesias, para preservar a los ascetas y a las vírgenes de los peligros que les amenazaban en medio del siglo, se les impuso a principios del s. IV una regla más severa que la que habían observado en los siglos precedentes. En muchos aspectos se parecía a la de los futuros monjes. Someterse a ella era como una garantía de perseverancia. Esta regla se expone principalmente en el tratado Sobre la virginidad, atribuido falsamente a San Atanasio, en los escritos de San Ambrosio destinados a las vírgenes y en varias cartas de San Jerónimo.

Según esta regla, las vírgenes podían continuar en sus casas particulares, pero debían evitar las salidas inútiles, orar en los momentos prescritos, ayunar y hacer limosnas.

Las oraciones prescritas consistían en la recitación de salmos a las horas tradicionales de tercia, sexta y nona, en honor de la condenación a muerte del Salvador, de su crucifixión y de su muerte en la cruz. Por la noche, a la hora en que Cristo resucitó, debían levantarse para cantar salmos.

Todos estos ejercicios se celebraban en común, a ser posible, por varias vírgenes, que se reunían para ello. En Jerusalén, los continentes de ambos sexos se reunían en la iglesia del Anastasio, en los mismos momentos del día y de la noche, para recitar los salmos juntamente con el clero. En Roma, a mediados del s. IV, dos ilustres matronas, Asela y Marcela, reunían en su casa del Aventino a vírgenes y viudas para la salmodia y la lectura de los libros santos.

A estas plegarias, reglamentadas y obligadas en cierto modo, unían las vírgenes otras varias a titulo voluntario y privado. Una virgen debía orar, en efecto, constantemente; de pie o sentada, trabajando, comiendo, al entregarse al descanso y al levantarse. Debía meditar la Sagrada Escritura, especialmente el salterio, libro que el sol naciente debería encontrar siempre entre las manos de una virgen.

Los vestidos de las vírgenes debían ser de color negro. Sobre la cabeza llevaban un velo del mimo color, que les había sido impuesto solemnemente por el obispo en la ceremonia de su consagración a Dios. Se les prescribía cubrir sus brazos hasta los dedos de las manos y cortarse el pelo alrededor de la cabeza.

El ayuno era riguroso, a no ser que las necesidades de la salud lo suavizaran un poco. Duraba todo el año. La comida única se tomaba después de nona (tres de la tarde) y consistía en pan y legumbres cocidas con aceite. La comida, precedida de oraciones y seguida de acción de gracias, la tomaban frecuentemente en común con otras vírgenes. 

En cuanto a la limosna, la hacia la virgen partiendo su comida con mujeres pobres. Se la exhortaba también a visitar a los enfermos y a prestarles los servicios que les fueran necesarios.

Como se ve, la mayor parte de los ejercicios religiosos de los ascetas y las vírgenes se hacían en comunidad. Es porque a la observancia de una regla está mucho mas asegurada bajo el impulso de la vida común que cuando se la deja a la simple iniciativa privada.

Por la creación de estas comunidades y los reglamentos impuestos a los continentes que vivían en el mundo, no aparecían a los ojos de muchos de ellos como medios suficientes de preservación. Los que querían salvarse a toda costa y reducir al mínimo los peligros de perderse sentían la necesidad de poner entre ellos y las seducciones del mundo una barrera infranqueable. Por otra parte, permaneciendo con sus propias familias, apenas les era posible practicar con perfección el renunciamiento evangélico y vivir como verdaderos ascetas. Poco a poco formaron el proyecto de despojarse de todos sus bienes, abandonar su familia y su patria y retirarse a la soledad. Allí, en la más completa pobreza, al abrigo de los peligros del siglo, no se ocuparían más que de Dios y de su salvación eterna. 

Los primeros anacoretas vivían alrededor de las ciudades y aldeas. El mismo San Antonio, al principio de su vida eremítica, vivió durante cierto tiempo cerca de Queman, su pueblo natal.

Pero esto estaba todavía demasiado cerca de la sociedad de los hombres. Numerosos visitantes venían a turbar la paz de los solitarios. Sus parientes acudían a visitarles con frecuencia y, a veces, les acusaban de haberles abandonado en sus necesidades. En el mundo (les decían) hubiera sido posible, e incluso fácil, adquirir grandes riquezas y un nombre famoso. El cebo, en fin, de los placeres paganos, demasiado cercano para pasar inadvertido, ponía la virtud de los jóvenes eremitas en un verdadero peligro. En le desierto, lejos del mundo habitado, estos obstáculos desaparecían. Había que refugiarse en él.

Ilustres precursores habían, por otra parte, precedido a los solitarios. El profeta Elías y San Juan Bautista (por no citar más que dos famosos) habían habitado en los desiertos y se habían elevado por la oración y las austeridades a una muy alta santidad. Había que esforzarse en imitarlos.

En el desierto, en fin, se pondrían al abrigo de las persecuciones. Era una prueba tan temible la de los suplicios. Habían apostatado tantos cristianos en la terrible persecución de Decio en los años 249-251. ¿No seria más sabio y prudente, cuando se pudiera hacer sin traicionar ningún deber, huir al desierto para no exponer al peligro de renegar de la fe?

El historiador entrevé así algunos de los motivos que impulsaron a tantos cristianos del siglo IV a poblar los desiertos. El monaquismo fue una transformación del antiguo ascetismo, perfectamente explicable por las circunstancias históricas y que no debe nada (como pretenden ciertos críticos) a instituciones extrañas al cristianismo. 

El monacato oriental floreció, sobre todo, en Egipto. Como es sabido, Egipto se divide en tres partes principales: el Bajo-Egipto, al norte, cerca del delta del Nilo, donde se encuentran Alejandría, El Cairo y Menfis; al sur de Menfis; Licópolis y Panopolis; hacia la región tebaida, y al sur el Alto-Egipto o Tebaida, región de Tebas, capital de la comarca, que confina con Etiopia. El monacato floreció en las tres regiones.

II. LOS ANACORETAS

1. San Antonio de Egipto. 
De pocos santos de la antigüedad se conocen tantos datos biográficos como de San Antonio Abad, gracias a la Vida del santo que escribió su gran amigo San Atanasio. Por ella sabemos que San Antonio había nacido el año 250 en Queman, en la región del Egipto Medio, cerca de Heracleópolis. De familia acomodada, al morir sus padres quedó al frente de la casa con una hermanita menor. Seis meses más tarde, al entrar un día en una iglesia, oyó al predicador repetir las palabras evangélicas: si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes y dalo a los pobres…; y viendo en ello un aviso del cielo dirigido particularmente a él mismo, ejecutó al punto el consejo evangélico: vendió todos sus bienes, dejó a su hermanita al cuidado de un grupo de vírgenes y rompiendo todas las cadenas que le ataban al mundo, a imitación de un asceta que vivía en las afueras del pueblo, comenzó en una como pequeña ermita una vida del todo retirada y penitente.

Quince años más tarde se retiró más profundamente del contacto con los hombres a las montañas de Pispir, todavía en el Egipto-Medio, cerca del mar Rojo. Se instaló en una vieja fortaleza abandonada en medio de un espantoso desierto, si bien provista de abundante agua. Convino Antonio con un amigo que le trajese pan dos veces al año (en Tebas duraba el pan incorrupto hasta un año y era costumbre tebana guardarlo para seis meses). Inmediatamente procedió a defender su soledad levantando un muro que le aislase por completo de la vista y trato de los hombres, de tal forma que ni aun hablaba con su amigo, quien le arrojaba el pan por encima del muro y de igual forma recogía las espuertas que hacia Antonio para huir de la ociosidad con el trabajo de sus manos. Tenía entonces treinta y cinco años y corría el 282 de nuestra era.

Allí pasó veinte años sin interrupción. Las gentes venían a pedirle consejos, consuelos y milagros, aunque no se dejaba ver de nadie. Un día ya no pudo contenerle la impaciencia de sus admiradores y derribaron el muro construido por Antonio. Habían pasado veinte años y no se notaban en su rostro ni en su aspecto huellas de la extrema dureza de su ascesis. Todo él respiraba serenidad e íntima pureza.

Pronto se llenó la montaña de hombres que iban a pedirle alientos y fuerzas para llevar una vida semejante a la suya. Constantemente resonaban en ella las divinas alabanzas. Se practicaba una pobreza heroica, una caridad perfecta. Los eremitas vivían solos o en pequeños grupos. Antonio nunca fue propiamente su superior; era, simplemente, una norma de vida, un ejemplo a imitar. Curaba enfermos, expulsaba demonios, enseñaba a amar al prójimo con perfección; amaestraba en la lucha contra el diablo, cuyos ardides y la forma de protegerse de ellos conocía perfectamente a través de las grandes luchas que tuvo que librar contra el espíritu del mal.

Pero sus ansias de completa soledad no se habían extinguido, sino antes se habían robustecido con el trato no buscado de los hombres. Hacia el año 323, teniendo ya setenta y tres años de edad, se retiró mas profundamente en los desiertos de la Tebaida oriental, hacia el mar Rojo, donde permaneció solitario durante dieciocho años, hasta quince años antes de su muerte, en que admitió la presencia estable de sus dos discípulos, Amathas y Macario.

Este gran solitario, tan ávido de reclusión completa, no permaneció, sin embargo, extraño a las necesidades de la Iglesia. Durante la persecución del Maximino descendió a Alejandría para animar a los mártires, esperando ser él uno de ellos. Otra vez volvió a Alejandría el año 338 para ver a San Atanasio, su amigo y antiguo discípulo, que regresaba de su primer destierro. Antonio fue un gran adversario del arrianismo y un gran defensor y poderoso sostén de San Atanasio, quien escribió su vida esparciendo por el mundo los ideales de su maestro.

El año 340 fue Antonio a visitar a San Pablo, el primer ermitaño. A su llegada, el cuervo que todos los días llevaba a San Pablo medio pan como alimento, trajo un pan entero para los solitarios.

Finalmente, el 17 de enero del año 356, luego de haber anunciado su muerte, haberse hecho prometer por sus dos discípulos que a nadie revelarían el secreto de su tumba, a fin de evitar honores póstumos, entregó santísimamente su alma a Dios. Contaba al morir ciento seis años de edad.

-Doctrina de San Antonio.
San Atanasio nos ha recogido la doctrina de San Antonio en forma de un largo discurso. Enseñaba que la meditación de los novísimos fortalece al alma contra las pasiones y el demonio, contra la impureza. Si viviésemos, decía, como si hubiésemos de morir cada día, no pecaríamos jamás. Para luchar contra el demonio son infalibles la fe, la oración, el ayuno, y la señal de la cruz. El demonio teme los ayunos de los ascetas, sus vigilias y oraciones, la mansedumbre, la paz interior, el desprecio de las riquezas y del las glorias vanas del mundo, la humildad, el amor a los pobres, las limosnas, la suavidad de costumbres y, sobre todo, el ardiente amor a Cristo.

Cuenta San Atanasio, que le conoció bien, cómo, a pesar de sus ayunos, de su austeridad, jamás exageró. Supo guardar siempre la justa medida. Prohibió las demasías en la mortificación entre sus discípulos. Enseñó a valorar sobre las cosas exteriores la pureza de corazón y la confianza en Dios. De ordinario mostraba un faz tan resplandeciente de alegría, que por ella le conocían quienes no le habían visto nunca antes. Murió sonriendo.

A pesar de haberse criado y haber envejecido en el desierto, nada se observaba de agreste en sus maneras, sino que todo él respiraba una exquisita educación.

Sorprende su intrépido espíritu apostólico y la integridad de su fe, que le constituyeron en uno de los paladines de la ortodoxia de su tiempo.

No prescribió reglas ni hábitos especiales a sus discípulos, pero su influjo personal fue tan hondo que pronto se pobló Egipto, en sus lugares mas desérticos y apartados (Celdas, Escete, Nitria), la Siria y el Asia Menor, de monjes que de una forma y otra copiaron su género de vida, que aun perdura en cierto modo entre los monjes de monte Athos, los cartujos y los camaldulenses. 

Sin embargo la vida de San Antonio encierra una ejemplaridad superior. Es todo un símbolo. Nos dice que los peores enemigos del hombre no son los externos. En la soledad más estricta, el hombre lleva consigo su naturaleza caída, propensa al orgullo, a la soberbia interior, a la lujuria, a la que es preciso vigilar y mortificar constantemente si el alma quiere verse libre de sus flaquezas y encontrar a Dios en la paz. Por otro lado el, demonio se encarga de afligir con sus tentaciones (presunción, soberbia, desánimo, falta de fe y confianza) al más retirado de los ermitaños. Es decir, que la vida cristiana es, esencialmente, lucha. Podremos huir del mundo, pero no podemos despojarnos de nosotros mismos, no podemos evitar los asaltos del demonio, que da vueltas en torno a nosotros buscando a quien devorar (1Pe 5, 8). Por eso el desierto se ha convertido en símbolo de lugar de tentaciones y los antiguos lo identificaron muchas veces cual morada de espíritus malignos.

Otra lección del santo es el inestimable precio de la soledad interior para quien de veras desea darse del todo a Dios. Es menester que ninguna criatura ocupe indebidamente nuestro corazón, que sepamos tenerlo desprendido de todas, de forma que ninguna nos pueda ser impedimento a nuestra carrera hacia la unión con Dios. Espíritu de soledad que, como veremos en nuestro santo, no es sino una forma superior de caridad, porque solamente el hombre que se ha purificado en soledad, en mortificación, en oración, es capaz de sentir fielmente la caridad y de ejercitarla exponiendo su vida. El solitario (si es autentico discípulo de Cristo) de ninguna manera se desentiende de los demás. Como puede, desde su soledad, lucha por sostenerles en la fe, se inmola por su salvación, socorre las almas y los cuerpos. Pocos hombres de su tiempo hicieron tanto bien como San Antonio. La religión cristiana (como enseñaba a sus discípulos para combatirles una desordenada propensión a la soledad egoísta y cómoda) es una profesión de caridad fraterna.

El solitario no ha de dudar en abandonar su refugio cuando lo piden así las necesidades de la Iglesia y de las almas. Soledad, caridad; éstas son las dos inmortales lecciones de San Antonio. O, lo que es lo mismo, acción y contemplación, oración y apostolado, dos ejes aparentemente opuestos, pero que se conjugan perfectamente cuando el espíritu que les anima es el legítimo espíritu de Cristo. Todos necesitamos ser un poco eremitas (“algunos mas que otros”) si es que, en definitiva, queremos triunfar de los asaltos del demonio y aprender el sublime arte de amar, por Cristo, a nuestros hermanos.

2. Otros anacoretas.
Aún en vida de San Antonio, Egipto entero comenzó a poblarse de monjes. La vida anacoretita floreció también en el Bajo-Egipto, en donde encontramos tres centros principales, al sur de Alejandría, el la dirección del desierto occidental, hacia Libia: 

a) El Valle de Nitria.- Es un espantoso valle, llamado así porque contiene yacimientos de nitro. A el se retiró, el año 325, San Ammón, la que se le unieron después sus discípulos.

Casado contra su voluntad, Ammón continuó en su matrimonio guardando virginidad. Después se retiro con su mujer al valle de Nitria. Alrededor de esa última se agruparon varias vírgenes. Por su parte, Ammón contó con un gran número de discípulos. Paladio, que visitó a los solitarios de Nitria, llegó a contar cinco mil.

En el valle de Nitria, como en Pispir con San Antonio, los monjes habitaban en celdas separadas. Nada de regla común. Cada uno organizaba sus ocupaciones como le parecía mejor. El sábado y el domingo todos los monjes se reunían en la iglesia, levantada en el centro del valle, para participar en la eucaristía y escuchar la palabra de Dios. Debía de ser un espectáculo impresionante el de las celdas esparcidas en los flancos del valle y de las que por la mañana y por la tarde se escapaban los ecos de la salmodia. Se creía uno favorecido por una visión del paraíso, cuenta el propio Paladio, testigo presencial. San Atanasio habla también del entusiasmo que arrebataba a los visitantes de la montaña de Pispir cuando veían aquellas largas hileras de celdas llenas de coros celestiales que cantaban las alabanzas divinas. El grito de admiración del profeta (Num 24, 5-6) se escapaba de sus labios: ¡que bellas son tus tiendas, oh Jacob; que bellos tus tabernáculos, Israel! Se extienden como un extenso valle; como un jardín a lo largo de un río, como áloe plantado por Yahvé, como cedro que está junto a las aguas.

b) El desierto de las Celdas.-
Remontando el valle de Nitria se encuentra un desierto más abrupto todavía: el de las Celdas. Llevados por un amor creciente a las austeridades, muchos monjes se fijaron en él. Allí vivió el celebre Macario de Alejandría (-394), que quería sobrepasar a todos en la mortificación. El escritor Evagrio Póntico se estableció también allí en 352 y vivió en él hasta su muerte, en 399. Porque también entre los solitarios había letrados. Muchos poseían las obras de Clemente de Alejandría y de Orígenes.

c) El desierto de Escete.-
Mas allá todavía del desierto de las Celdas, a la entrada del desierto de Libia, se extendía el gran desierto de Escete, el país de la arena, el desierto mas apartado. Allí se estableció Macario el Grande y vivió en él sesenta años con algunos discípulos. Era sacerdote y había recibido la gracia de la curación y de profecía. Se contaban de él tales prodigios y maravillas, que Paladio vacila en referirlas por miedo de no ser creído.

La vida de estos monjes era, en efecto, muy extraordinaria, más todavía por sus austeridades que por los hechos maravillosos. Se hablaba mucho en los desiertos de algunos formidables ascetas que, para hacer penitencia, no comían casi nada y apenas dormían.

Uno de ellos, llamado Doroteo, trasportaba durante el día, bajo un sol tórrido, grandes piedras para construir celdas destinadas a los monjes que no las tenían aun. Por la noche, trenzaba hojas de palmera para ganar su sustento: Ante Dios que es mi testigo (declara Paladio, que vivió algún tiempo a su lado), no tengo conocimiento de que haya extendido los pies, ni dormido sobre una estera de junco, ni sobre un lecho. En su juventud tenia esta manera de vivir, no habiendo jamás dormido deliberadamente, a no ser que, ocupado en alguna cosa o comiendo, cerrase los ojos derribado por el sueño. Y así vivió durante más de sesenta años.

Macario de Alejandría no comió nada cocido al fuego durante siete años y, para vencer el sueño, permaneció fuera de su celda durante veinte días, abrasado por el calor durante el día y transido de frío por la noche. Para castigarse a sí mismo una impaciencia, se expuso durante seis meses en los pantanos de Escete a las picaduras de los mosquitos, fieros en ese país como avispas. Macario se vio bien pronto cubierto de heridas. Un año, permanecio de pie durante toda la cuaresma, sin doblar un solo instante las rodillas, y su alimento se redujo a algunas hojas de col.

Otros solitarios se hicieron célebres por su espantosa reclusión. Una reclusa, de nombre Alejandra, se encerró en un sepulcro y vivió allí durante diez años. Se le proporcionaban alimentos por una pequeña abertura dejada para esa finalidad. Sobre una montaña de los alrededores de Licópolis, villa de la Tebaida, vivía el asceta Juan que pasó más de treinta años emparedado en una gruta de tres compartimentos. Recibía su alimento por una pequeña ventana y gozaba del don de profecía. Paladio cuenta que anunció a Teodosio sus victorias sobre Máximo y Eugenio. Al propio Paladio, que le visitó, le predijo su episcopado.

3. Paladio y su Historia Lausíaca.
Gálata de origen, Paladio se hizo monje hacia el año 386 en Jerusalén, donde residió tres años. Pasó después a Egipto, primero a Alejandría durante tres años, y después a Nitria, donde vivió nueve años, durante los cuales hizo un viaje de exploración religiosa a las soledades monásticas del Alto-Nilo. Alrededor del año 400, por circunstancias desconocidas, era obispo de Helenópolis, en Bitinia. Muy unido a San Juan Crisóstomo, se dirigió a Roma con varios clérigos para interesar a Occidente en su causa. A su regreso fue castigado por su declaración y envidado desterrado a Siena, en la Tebaida, donde pasó todavía seis años (406-412). Vuelto, finalmente, a Galacia, llegó a ser obispo de Aspuda, en su provincia, y murió hacia el año 425 en su propia sede de Aspuda. Se le conoce, sin embargo, como obispo de Helenópolis. 

Las obras que le hicieron célebres son: un Dialogo sobre la vida de San Juan Crisóstomo, escrito probablemente en Egipto hacia el año 407, que constituye una de las fuentes mas preciosas sobre los hechos del gran orador de Constantinopla, y la Historia Lausíaca, o sea la historia de los monjes dedicada a Lausus, chambelán de Teodosio II, compuesta en Galacia hacia el 420. 


La Historia Lausíaca tuvo, desde su aparición, un éxito inmenso, que se explica por la encantadora naturalidad de sus escritos y por la curiosidad que excitaba a los cristianos del s. V por todo cuanto se refería a la vida monástica. Este éxito comprometió incluso la obra, porque no solamente fue reproducida y traducida, sino amplificada por los copistas y traductores. En época desconocida fue notablemente sobrecargada con la Historia de los monjes de Egipto, y en esta forma se presentaba todavía a finales del s. XIX, hasta que el benedictino Dom Butler restituyó críticamente la obra de Paladio a sus verdaderos límites. 


La obra, así restaurada en su prístina autenticidad, tiene un verdadero valor documental. Su autor es un obispo, honrado con la amistad de San Juan Crisóstomo, y es un monje que ha pasado la mayor parte de su vida en medio de los solitarios de quienes habla. Su obra completa y confirma, con excepcional autoridad, los datos que encontramos en la biografías de los fundadores mismos del monacato y nos ayuda a comprender la propia literatura monástica.

(Continúa)